Mi Frase de la Semana:
"Ha tocado fondo... Pero sigue cavando."
(Del film: "Le premier jour du reste de ta vie" de Rémi Bezançon)

09 noviembre 2009

Se perdió...


Se perdió…

… aquel hablar sin palabras;

… aquel embrujo entre tú y yo;
… aquella confianza;
… aquel deseo de compartir.

Se perdió…

… el deseo de quitarse la máscara para mostrarnos tal cual somos;

… aquel abrir la puerta del propio caparazón para dejar adentrarse más allá de su infranqueable umbral.

Se perdió…


… las ganas de contarte;

… la voluntad de escucharte, no sólo de oírte;
… el querer hacerte partícipe de mis risas y, también, de mis lágrimas.

En definitiva,


ahora ya sólo te veo con extrañeza;
te siento delante de mí como otr@ anónim@ más de los muchos que cruzo en plena calle;
te siento en la lejanía, como si nunca hubiese compartido contigo palabras, sueños, dolores, o abrazos.


Todo lo bueno que parecía haber en el espacio que habíamos construido entre tú y yo lo barrió una tempestad sorda, seca e imperceptible. Y ya nada se puede recuperar.

29 septiembre 2009

Películas... no son sólo películas...



Trailer de: "Le premier jour du reste de ta vie", de Rémi BEZANÇON

Trailer de: "Despedidas", de Yojiro TAKITA

Trailer de: "El latido de la montaña", de Kenneth BI


17 septiembre 2009

(¿Qué título poner?)

Volvió a intentar entrar en aquella farsa. Llamó una vez. Con un golpe que bailaba entre la sequedad y la dulzura, entre una frialdad distante y un deseo de cercanía.

Espera, con atención, delante de aquella puerta que el cansancio cerró. No tiene la esperanza de que se abra nuevamente. Pero sí que lo ansía, porque es también incapaz de poner punto y final a esta historia demente. Hoy le apetece seguir mareando la perdiz. Como si no lo hubiese hecho ya, de manera excesiva, durante varias estaciones.

Su orgullo, quizá, le impedirá volver a sonar, con los nudillos de su mano izquierda, sobre aquella madera de color haya que tapia su acceso al receptor de toda aquella insidia.

En sus labios se dibuja una sonrisa, entre malévola y pueril, insinuando lo que su mente hueca repite en eco: “aguarda, pacientemente, porque volverá a caer.”

Quizá el otro lado de aquella puerta ya no guarde más que una sala completamente vacía y abandonada, sin vida desde hace ya algunos otoños. Cabe, si más no, la posibilidad de que en su interior haya sobrevivido la inactividad de la repetición aburrida de una broma pesada. Inactividad que, al oír ese insípido golpe a media altura de la puerta de entrada, se haya acercado hasta la mirilla, más por fastidio de ser despertada que por curiosidad de acceder a un enésimo descubrimiento. Y al comprobar lo que a través de ella se veía, haya decidido cegar incluso aquel diminuto punto de luz para enterrar cualquier contacto, por nimio que fuera, con un interlocutor oculto.

Sin que nada ni nadie en aquel rellano alcance a oírlo, dentro de aquella habitación inerte se pronunciará: “¿cuándo se cansará de insistir si se destruyeron todos los canastos en los que añadir palabras vanas?”. Justo al otro lado, sin posibilidad de tener acceso ni de saber ya cómo abrir aquella puerta maciza, un pésimo interlocutor se preguntará: “¿me dejarás pasar de nuevo?”. Ante la falta de poder conseguir una respuesta, deslizará un sobre bajo aquella puerta, que encerrará con detalle todo lo sucedido, y aguardará la réplica.


07 agosto 2009

No Voice, Just Feelings

Escribía porque no podía hablarlo.
Releía porque quería corregirlo.
Sólo cuando estuviese perfecto se decidiría a dejarlo leer, y así, sólo así, conseguiría expresarse.
Sin emitir sonido alguno.
Pero sí a través de sus propias palabras.

Una corrección. Y otra más.
Y aún, allí, una nueva más.


Entre la enésima relectura, el infinito, aparente y supuesto error y la incuantificable modificación, recordó que alguien le había dicho en algún momento pasado que la perfección no existía.

Seguiría buscándola hasta alcanzarla.

Sólo entonces sería capaz de expresarse.
De lo contrario, sin palabras no pronunciadas, sus sentimientos escritos inundarían su corazón y se agolparían en su garganta.

Deteniendo los latidos del primero.
Enmudeciendo para siempre los sonidos de la segunda.


En este instante sigue aún corrigiendo y releyendo.

Hoy todavía no ha terminado.

Pero ya no puede hablar.

Y muy pronto dejará de escribir.